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  • Red de Psicólogxs Feministas

ACERCA DE LA CULPA COMO PROPIEDAD PRIVADA

Por Colángelo Juliana


Un relato -si bien puede singularizarse- refiere a una (…) correlación, dentro de una cultura, entre campos de saber, tipos de normatividad y formas de subjetividad (Foucault: 1984) lo que nos permite entonces, analizar los modos de subjetivación de ciertas prácticas y discursos.

Es sabido como históricamente y mediante el montaje de una serie de dispositivos (religiosos, médicos, psi) lxs sujetxs se han visto llevadxs a prestarse atención, a buscar el origen-causa de su sufrimiento, la verdad de su ser como realidad experiencial donde pueda pensarse y reconocerse, en términos foucaultianos las técnicas de sí.

…la constitución de si como sujeto moral, en la que el individuo circunscribe la parte de sí mismo que constituye el objeto de esta práctica moral, define su posición en relación con el precepto que sigue, se fija un determinado modo de ser que valdrá como cumplimiento moral de sí mismo y para ello actúa sobre sí mismo, busca conocerse, se controla, se perfecciona, se transforma. (Ídem)

Ese montaje idealista prefabricado y performateado fija la norma de “como se debe ser” interviniendo directamente en los modos en los que cada unx se relaciona consigo: aspirando ser la norma o declinándola, de un modo u otro sujetadx a la misma con su consecuente padecimiento. La sujeción o sumisión a una norma fija, trascendental y exterior deviene propia, y es ésta privatización al interior de unx mismx lo que instala el germen del padecimiento y la culpa.

Han vuelto al Yo una causa del ser, determinando que las cosas debían ser de una manera, ¿Es de extrañar que luego de encontrarse en las cosas lo que antes habían puesto en ellas? (Nietzsche: 1998).

La culpa ya instalada deviene causa propia de algo que merecemos, pues sino no nos sucedería. Y entonces, ya no importa si es dios el que contempla como testigo el sufrimiento de lxs mortales, el cura, el/la terapeuta o unx mismx.

Todo un montaje perfecto y occidental de padecimientos, culpas, deudas y sacrificios.

¿¡Más os habéis interrogado a qué precio ha costado siempre en este mundo la edificación de todo ideal!? nos interroga Nietzsche (1945) con su martillo.

Pagamos el alto precio de la mala conciencia, esa culpa interiorizada que nos recuerda constantemente que algo no encaja, que no es suficiente, que es excesivo, que no.


El día que mi mamá me pidió perdón

Fija su retrato en una pared y dice:

He aquí a una madre 1

Los actuales modos de producción de soledades capitalistas empatizan fuertemente con el resurgimiento de ciertas prácticas (alternativas y hegemónicas) llamadas “para el alma o el arte de vivir”, que proclaman intensamente ¡Vive!, ¡siente! ¡Ama! ¡Piensa en positivo! y que insisten en llamar al encierro en unx mismo. Con el mandato de la felicidad invitan a un supuesto adentro donde hallar la explicación a los padeceres, o veces arriba o abajo pero nunca acá, y mucho menos en las calles.

El imperativo es ahondar en unx mismx porque es allí donde se espera hallar cierta garantía de equilibrio espiritual. Y el problema, claro está, no son las prácticas que cada unx ejerza para sentirse mejor sino la moral desde donde se ofrecen. Estos dispositivos de poder operan como máquinas de producción discursiva y modos de subjetivación que regulan, normativizan y producen cierto tipo de sujetxs: culposxs, aisladxs, hetero-cis-normados. Son performativas del deseo, lo invisten, regulan y normativizan.

Parten de la premisa de que lxs sujetxs son –completamente– dueñxs de sí mismxs, y por ende culpable de sus pesares y padeceres, aislándolxs de una realidad contextual actual que cala los huesos (y a veces fractura) más allá de que algunxs pretendan hablar de un “afuera” que nada tiene que ver con este “adentro”. La culpa se ha vuelto propia, se ha interiorizado, dirá Nietzsche; “entonces vino al mundo la más grande y peligrosa de todas las enfermedades, el hombre enfermo de si” (Nietzsche: 1945)

Dentro de estos discursos morales, encontramos el supuesto trauma por haber abortado. Generalmente por la línea del árbol genealógico donde unx hunde sus supuestas raíces (biológicas) donde hallar puntos traumáticos desde donde reconstruir SU historia –siempre propia– y sortear los riesgos de repetir, cuasi de manera lineal-heredada, lo mismo. Como si la familia fuese la línea hereditaria genética, afectiva y sintomática por excelencia.

Sostienen que abortar, en algún momento de tu vida (actual o pasada), implica irremediablemente un daño profundo y espiritual que necesita ser trasmutado y regenerado. Desde ya que no estoy negando el padecimiento subjetivo que cada cuerpo pueda sentir, sino que estoy afirmando que el supuesto sobre el cual se monta este padecimiento no es “neutral e individual” sino moral-social-patriarcal-religioso-clasista. En tanto suponen de manera Universal, que cualquier cuerpo gestante que abortó alguna vez en su vida posee (irremediablemente) un trauma en su historia, una huella imborrable, origen (de algunos) de sus males actuales.

Dicho supuesto marca y produce subjetividades, anuda deseos y ofrece culpas. Y sin duda los cuerpos sienten, padecen esa carga culposa y dolorosa que el patriarcado (moral por excelencia) instaló allí.

Las representaciones ya estaban allí, instaladas de ante mano como origen causal de otra cosa y no hemos hecho más que jugar el juego de la búsqueda en nosotrxs mismxs. Queremos disponer de una razón que nos explique por qué nos encontramos de este o de aquel modo, por qué nos sentimos bien o mal (Nietzsche: 1998). Nunca no saber.

La interpretación causal y moral se instala como dispositivo de poder regulador y productor de modos de subjetivación que reinstalan la culpa. Ofreciendo la calma de saber de si, prestando sentidos verdaderos, allí donde la incertidumbre tiene mala prensa. Una verdad que tranquiliza y brinda la sensación de cierto poder sobre sí, ya que lo desconocido nos inquieta, intranquiliza y resulta peligroso. La causa es algo que ya conocemos (la hemos aprehendido muy bien desde pequeñxs), por tanto, su búsqueda estará sujeta a un modo habitual o conocido –patriarcal– de responder. Entonces: culpa, ser una mala madre, poca o mucha mujer. La mala conciencia nos recuerda que no se cumplió con lo que se esperaba de unx, la sensación de saber que algo anda mal y necesita ser curado porque allí radica el origen de otra cosa, la llamada falta estructural que nunca se colma, y que, sabemos, vivirá insatisfecha (siempre ella).

El sistema sexo-génerico, modelizador de cuerpos y deseos, instala la culpa, la falla como contingente de aquello que produce. La moral terapéutica como dispositivo tecnológico de poder (re)produce lo mismo: deseos anudados a una moral, productos llenos de culpa, cuerpos normales y generizados sujetos a determinadas normas sociales, políticas, económicas, etc. Y la madre siempre tiene la culpa.

Que quede claro, no se trata de culpar a quien se culpa sino de genealogizarla.

Son éstas supuestas terapéuticas, (y aquí esta lo peligroso) las que en lugar de anular o contextualizar la pretendida culpa y angustia de quien padece “por haber abortado” como parte un sistema excesivamente familiarista patriarcal –capitalista hetero-cis-normativo– (que sostiene la maternidad obligatoria, que reduce los cuerpos y los deseos a un útero), reafirman, sostienen y vuelven a colocar la culpa a "quien pertenece": al/la sujetx individual, responsable y culpable de haber(se/nos) “hecho” eso, reafirmando la culpa de no haber tenido a ese “hijx”, y por ende merecedorx de sufrimiento, angustia y castigo.

“La psicología de la tendencia a imputar responsabilidades” (ídem) atribuye la culpa a un modo de ser (gestante podríamos decir) por tanto merecedora de un castigo o sufrimiento que permita expiar las culpas o purificar su conciencia.

Su terapia consiste en castrar, la moral consiste en matar las pasiones, regular los deseos, exterminarlos. La moral… es el mismo instinto de decadencia que hace de sí mismo un imperativo, y que ordena: ¡Perece! Es el juicio de quienes están condenados” (ídem)


El día que mi mamá me pidió perdón, perdón por haber matado a mi supuestx hermanx, y a quien encontré con un bebé de plástico (de esos que usan las niñas para jugar y aprender su rol en la vida), al que tenía que hacerle un ritual tipo duelo (como le indicaron), para lavar y aliviar sus penas (culpas) y resolver el supuesto trauma que conllevaba haber abortado...ese día escupí este escrito. Como necesidad, ética y urgente, de escuchas clínicas – terapéuticas antipatriarcales y sin morales.

Si la angustia es quizás aquello que (aun habiendo sido traducida como culpa) resiste a ser normada-capturada-interpretada por la moral-normal, entonces que la escucha clínica sea aquello que habilite su potencia y no su reafirmación mortífera.



Ph. Juli Colangelo


1 La cita fue modificada. La original pertenece a Foucault. (…) fija su retrato en una pared y dice: He aquí a un Hombre (Foucault: 1984)


Bibliografía

- Foucault, M. Historia de la sexualidad II. El uso de los placeres, trad. M. Soler, Buenos Aires, Siglo XXI, 1996.

- Nietzsche, F., El ocaso de los ídolos. España, Edimat, 1998.

- Nietzsche, F., La génesis de la moral, Buenos Aires, Editorial Tor, 1945.

- Preciado, P., “¿Qué es la contra-sexualidad?” en Manifiesto contrasexual, trad. J. Díaz y C. Meloni, Barcelona, Anagrama, 2002.

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