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  • Red de Psicólogxs Feministas

Masculinidad, crueldad y muerte

Por Avalos Luis Ángel


Frente al asesinato de Fernando Báez Sosa en manos de un grupo de jóvenes integrantes de un equipo de rugby en la ciudad de Villa Gesell, algunas reflexiones respecto de la masculinidad, la crueldad y la muerte.

Desde una psicología con perspectiva de género, pensamos la masculinidad como una

construcción cultural que reproducimos socialmente y se desarrolla a lo largo de toda la vida con la intervención de distintas instituciones (familia, escuela, clubes, iglesias, etc.) que juegan un papel fundamental en esa construcción, su validación y reproducción. ¿Qué es lo que moldean esas instituciones? Fundamentalmente, moldean un modo de habitar el cuerpo, de sentir y de pensar para quienes han sido asignados como varones al nacer. En términos de la socióloga australiana R. Connell, la masculinidad se trata de un posicionamiento en las relaciones de género, de prácticas a partir de ese posicionamiento, y de los efectos de esas práctica.

Sabemos que el género es performativo (Butler, J), y en tanto tal, la masculinidad necesita ser mostrada, ser puesta en escena (y a prueba) permanentemente. Esa obligación de comportarse masculinamente, sobre todo frente a otros varones, es lo que llamamos “mandato de masculinidad”. Una de las formas más contundentes de mostrarse masculino es exhibirse poderoso, potente, superior al resto. En cualquier ámbito, pero sobre todo en aquellos donde se rinde culto a “ser macho” el mandato se hace carne, se debe actuar, y el cuerpo viril, siempre potente, en cualquier momento puede hacer uso de la violencia.

Un club de Rugby no sólo es un ámbito que, como otros ámbitos deportivos, disciplina los cuerpos para la competencia deportiva, sino que es una institución que fomenta la idea de cofradía masculina exaltando las potencias de la virilidad. Pasa también en otros deportes, claro que sí, pero el rugby por ser un deporte socialmente identificado con las clases dominantes concentra los “valores” de la masculinidad hegemónica, y en sus rituales, en sus tradiciones y su ideales, reproduce un orden donde algunos mandan y otros obedecen, donde la idea de superioridad moral, física y social está en el centro de su cultura, y todo esto en medio de un “juego” donde la violencia está siempre presente. Por eso no es extraño que varones que habitualmente se jactan de formar parte de un equipo respetuoso de las normas, los códigos y el honor, al mismo tiempo puedan llevar adelante un crimen como el sucedido en Villa Gesell. Estos grupos “respetan” a quienes consideran pares pero desprecian profundamente a quienes no. El orden masculino es rígidamente jerárquico, y desde pequeños los varones son educados para identificar quiénes son los que ocupan los niveles inferiores y por lo tanto deben obedecer o ser castigados. Los varones deportistas encarnan en la sociedad actual occidental los valores que heredan de la figura del guerrero. El cuerpo potente, atlético del deportista de hoy, mantiene en el imaginario social la mística del combatiente heroico. La competencia deportiva es habitualmente comparada con la contienda bélica, y se espera que el más fuerte, el más hombre, el más poderoso se imponga.

Masculinidad y violencia son conceptos íntimamente relacionados, siendo la lógica del

sometimiento núcleo central de la construcción de la masculinidad. Un varón que, llegado el caso, no hace uso de la violencia (la cual le está socialmente habilitada) es sospechoso de ser poco masculino y corre el riesgo de ser objeto de correctivos, agresiones y expulsión de la cofradía.

El comportamiento en manada es un típico accionar del mandato de masculinidad; el

destinatario de la exhibición de poder masculino sobre los cuerpos subordinados es otro varón. Tal como sucede en la violación grupal de identidades feminizadas, el grupo se reafirma en su masculinidad a través de la crueldad ejercida. Si lo masculino encarna la fuerza, necesitan de otres que encarnen la debilidad para reforzar su estatus. Se trata de someter al otro, se trata de reducirlo a cosa. Se trata de relaciones de poder en su versión más descarnada.

Mientras más encumbrado en la jerarquía masculina se perciba un varón es mayor la

impunidad con la que ejerce su dominio sobre las jerarquías inferiores. Así se vinculan la masculinidad hegemónica y las masculinidades subordinadas. El principal privilegio de la masculinidad es obrar con impunidad.

¿Cómo salimos de esto? Fomentando la construcción de otros modelos de masculinidad, con la plena vigencia de la Educación Sexual Integral en los establecimientos educativos, repensando los estereotipos de género que reproducimos, exigiendo capacitación en perspectiva de género en diferentes ámbitos, pero fundamentalmente allí donde lxs jóvenes son formados. En definitiva, deconstruyendo el modo vincular que se asienta en la lógica patriarcal del sometimiento.



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