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  • Red de Psicólogxs Feministas

Por el bien de todes

Por Maria Agostina Silvestri


Nuestros deseos

Para lo próximo que voy a decir, necesito partir de una base de acuerdo entre ustedes (quienes leen) y yo: nuestros deseos no son nuestros. Nuestro deseo no es propiedad privada. Sé que es arriesgado y difícil partir de esta base pues los nuevos discursos de la “psicología” mainstream nos llaman a ser dueñes de nuestras vidas, a conectar con nuestra esencia, a descubrir nuestros deseos. Eso no es casual; justamente, estamos disciplinades bajo la triste ilusión de que esto es alcanzable si nos esforzamos lo suficiente. Muchos discursos se enmascaran como revolucionarios y progresistas, mas no dejan de apelar solapadamente al esencialismo y a la meritocracia. Creo, sin embargo, que podremos coincidir en pensar que nuestros deseos tienen algún tipo de atravesamiento social. Que lo que deseo depende un poco de dónde, cómo y cuándo me crié, por ejemplo. Si podemos coincidir en ese punto, estaremos entonces de acuerdo en que mi deseo tiene una historia. Si vamos un paso más allá, podemos pensar que el lugar, la manera y la época en la que me crié (lo que entendimos por historia, recién) a su vez están asociados con condiciones económicas, culturales y sociales. Nuevamente, si estamos de acuerdo en este punto, de alguna manera hemos llegado a vincular mi deseo aparentemente personal e individual a factores históricos, económicos, culturales y sociales. Bien, no queda entonces mucho más recorrido por hacer para arribar en la idea de que los deseos -no ya tanto MIS deseos- son políticos. Presento este recorrido veloz y no pretendo que de ello se extraiga necesariamente una epifanía, pues un montón de cuestionamientos podrían ser expuestos al respecto y es muy necesario que así sea. Apelo entonces, por último, a un ejemplo sencillo. Por aquí, quien escribe, es una mujer cis (una persona con vulva que se autopercibe -ponele- mujer). Por aquí, una mujer de pelo largo. Si vos que leés sos también una cismujer, es altamente probable que tengas pelo largo también. Si vos que leés sos un cisvarón, es altamente probable que tengas pelo corto. ¿No es una casualidad muy llamativa que, de acuerdo a nuestra identidad de género, “elijamos” casi todes la misma estética? ¿Justo justito se dio que todes coincidimos y nos gusta cómo nos queda lo mismo? Concedámosle, por lo menos, lugar a la sospecha de que hay algún factor que determina, produce o -como mínimoatraviesa esa elección. Que no estamos eligiendo tan libres e iguales como se nos hace creer. Patada en el pecho al ego neoliberal: nuestros deseos, repito, no son propiedad privada. Concedámonos la sospecha de que los deseos algo tienen que ver con el poder, que no son una esencia nuestra personalísima. ¿Cómo podría el poder interferir en mi máquina deseante? De muchas maneras: mediante la construcción de modelos hegemónicos, la exaltación de emociones (díganme por favor que todavía se acuerdan de los discursos emotivos del Mauricio), la creación de necesidades-dependencias, la premiación por determinados comportamientos y el castigo por otros, etcétera. Propongo entonces un intervalo a la fe ciega en lo que quiero, añoro, valoro, deseo. Propongo un intervalo para sospechar de mis deseos, y, por sobre todo, sospechar de los deseos masivos.


Un aplauso para las fuerzas de seguridad

Desde hace unos días he empezado a leer y escuchar, por parte del discurso de medios hegemónicos y oficiales, una progresiva e insidiosa exaltación de las fuerzas armadas y la gestión de una emocionalidad de agradecimiento. Sin demasiado preámbulo -e incluso próximes al día en que recordamos a las víctimas de la dictadura militar-, se nos invita a aplaudir desde el confinamiento en nuestras casas a las fuerzas armadas que nos cuidan. Se omite, al mismo tiempo, que durante los últimos días han recrudecido los abusos de poder, las detenciones arbitrarias y la represión por parte de la policía y la gendarmería. Se ha omitido que el peligro también viste uniforme. Habíamos dicho que el silencio no es salud. Les psicólogues sabemos, por otra parte, que lo que no se nombra, se ejecuta en acto. Lo que no se dice, hace síntoma. En este contexto, me dispongo a prestar atención a ese síntoma que va a emerger de estos discursos que no muestran que algo esconden, y -por supuesto- no muestran lo que esconden. Así, noto cómo, desde la aparición de la pandemia en nuestras existencias, se ha evidenciado de manera creciente el deseo de control primero y -como un agregado posterior o bien como una consecuencia inevitable por la dinámica del control disciplinario- de castigo después. Deseo de control por parte del Estado y sus fuerzas armadas; deseo de castigo para quien incumpla las reglas que son “para el bien de todes”. Y ésto no sólo de parte de un sector de la sociedad que visible e históricamente se ha mostrado conservador y diestro: he escuchado a las mismas compañeras feministas que hace poco más de un mes cantaban “el Estado opresor es un macho violador”, pidiendo ahora desesperadas el control de papá Estado porque hay muchos irresponsables en la calle que no entienden que ésto es serio. He escuchado al vecino más buen vecino invitando a les otres vecines a denunciar al que sale varias veces al día de su casa, pues está incumpliendo la cuarentena. He escuchado a la persona más amorosa e inclusiva decir que hay que dejar de repatriar argentines del exterior, porque nos contaminan. “Es una pena, pero lamentablemente es así”. He (hemos, supongo) visto y escuchado yuteo en todas sus variables, por parte de sectores muy amplios y diversos de la sociedad. Ha emergido un deseo potente de castigo para otres.


Nada mejor para demostrar mi inocencia, que denunciar un culpable

Hasta aquí, he trazado un relato de los hechos y discursos que considero relativos al deseo de castigo. Me interesa reparar, ahora, en lo que este deseo de castigo para otres implica. Pues, como ya he delineado, no es ingenuo. Se sustenta, por el contrario, en una serie de creencias en absoluto inocuas. Podemos pensar, en primerísimo lugar, que el deseo de castigo requiere de una suposición básica de la existencia del mal en oposición al bien. Habría el bien, por un lado, y el mal, por el otro. Y las fuerzas “de seguridad” existirían en el umbral, justamente para garantizar que el régimen perviva de esa manera. Porque claro, no seremos tan iluses: en realidad no hay bien por un lado y mal por el otro, sino que los malos se infiltran entre los buenos. Para eso existe la policía y la gendarmería, para desplazar a los malos lejos. Para construir y reconstruir esta topografía polar. Nótese ya por acá, entonces, las raices profundas del binarismo en nuestro pensamiento. Si nuestras lógicas estuvieran más habituadas a pensar en la multiplicidad por sobre la univocidad, lo trans por sobre la esencia, lo procesual por sobre el resultado; nada de esto tendría sentido. Pero, justamente, estamos disciplinades para pensar en términos binarios pues es funcional a este régimen.

En un segundo lugar, el deseo de castigo se sustenta en una necesidad de reconocimiento por parte del poder opresor. Cuando digo “reconocimiento” lo digo en las dos acepciones básicas de la palabra: el sentimiento de agradecimiento o premio por lo que se entiende una contribución, y el ser reconocido, identificable. Es decir que, quien desea el castigo de otre añora (necesita) ser fácilmente identificable como “bueno”. Ansía ardientemente pertenecer al lado del bien y portar sus insignias. Quienes hayan convivido con hermanites podrán entender rápidamente a lo que me refiero: cuando sabíamos que nos habíamos mandado una cagada, nada mejor que salir corriendo a contarle a la autoridad de turno lo que había hecho le otre para ser reconocides como buenes. Nada mejor para demostrar mi inocencia, que denunciar (o construir) un culpable. En tercer lugar (y dudo que en último, pues no creo en la existencia de últimos y estoy convencida de que podremos seguir pensando sobre ésto) desear el castigo de otres aloja una creencia en mi propia y eterna impunidad, supone creer que nunca seré yo le denunciade, que nunca me va a tocar a mí. Esta creencia es una triste ingenuidad, incluso pese a que efectivamente existan beneficiares transitories de los regímenes de opresión. Así como el macho nunca termina de ser macho y necesita dar pruebas de su virilidad de manera continua para seguir perteneciendo a la fraternidad, del mismo modo el ciudadano del bien necesitará perpetuamente conseguir insignias de su bondad ante el poder. Y, tal como lo hace la masculinidad hegemónica, la sociedad de la buena consciencia también determina conductas y encarcela posibilidades de ser. Malas noticias para el macho y para quien le tira la policía encima al vecino: nunca se termina de pertenecer al poder, pues el poder está siempre en disputa. Por mucho que querramos creer lo contrario, siempre estamos en riesgo de caer, de devenir marginales ante el avance o la desfiguración de la opresión. Fijémonos, si no, en los europeos ricos, blancos, académicos, desesperados por entrar a África para escapar del virus que les acecha y encontrándose con las fronteras cerradas. La hegemonía llorando en las puertas del tercer mundo, quién te ha visto y quién te ve. Lo que no Finalizo abruptamente como un gesto que anticipa que este escrito no pretenede tener conclusiones. No sé qué es lo que “hay” que hacer. Cansada ya de las lógicas de la identidad y la positividad, apuesto ahora por una metafísica de la negatividad. En resumen, he escuchado y percibido el afloramiento lujurioso del deseo punitivo sobre otres y la inconsciencia de nuestra precariedad. Pienso que esta nueva solidaridad de las distancias prudenciales omite la posibilidad de la alianza, la revuelta, la crítica. No niego que la existencia fáctica del virus, no me detengo aquí a validar o banalizar conspiranoias. Que el virus efectivamente exista, no anula que sea un buen conductor para la gestión política de nuestras corporalidades y nuestras existencias. Repito, no sé qué es lo hay que hacer. Por lo pronto, sé de lo que quiero fugar, y eso ya me parece un montón. Sé que, procurando un agenciamiento asintóticamente autónomo de los pensamientos y actos que me habitan, estaré alerta a cuando me encuentre deseando estar del lado del bien y cuando me sorprenda a mí misma añorando el castigo de otres.


imagen tomada de https://twitter.com/artefactok

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