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Tercera Joya Indiscreta: Sobre el sexo y su orden

La fábula de las “Joyas Indiscretas” goza de una actualidad pavorosa. Cuenta sobre el Sultán Magogul, quien poseía un anillo mágico que podía hacer hablar a los sexos de las mujeres, logrando que toda intimidad fuera confesada y estuviera disponible para cualquier oído.

Siglos después de que esta historia fuera publicada, Michel Foucault la utilizó para ilustrar la tesis principal de su Historia de la Sexualidad: en torno al sexo, Occidente no ha buscado tanto reprimirlo, sino incitarlo, decirlo, pasarlo por el discurso para hacerlo confesar la verdad de lo que somos. La genealogía que nos propone Foucault nos invita a dejar de enojarnos contra la “represión” del sexo, para preguntarnos: ¿porqué es que nos vemos impulsados, permanentemente, a confesar la verdad de lo que somos por medio de nuestras prácticas sexuales? ¿Por qué la orientación sexual hace identidad? ¿Qué contingencias y arbitrariedades llevaron a esto? ¿No podría haber sido de otra manera?

De esto se trató el taller “Las Joyas Indiscretas”, llevado adelante junto a las Red de Psicologxs Feministas a lo largo de mayo y junio del año 2020. A la lectura de los cuatro tomos de Historia de la sexualidad, se le sumó un trabajo de redacción, a veces más literario, a veces más teórico, sobre diversas problemáticas, que publicamos aquí en forma de dossier.

En esta oportunidad, Mateo Cortés comparte su pensamiento en torno a las ficciones producidas a partir de la “represión del sexo” y los modos en que podemos combatirlas.

Me contaron que en algún tiempo pasado los sexos vivían en otros términos. No había amor romántico ni débito conyugal. Aparentemente no existían ni heterosexuales ni homosexuales. Los cuerpos nacían y no se los diagnosticaba ni hombre ni mujer. Cuerpos sexuales, pero no sexuados. Había mucho yire, mucha joda. Los sexos eran múltiples, evidentes e insaciables. La maximización de los placeres estaba a la orden del día. Dicen que Oscar Wilde gastó sus fortunas en regalos para sus jóvenes, bellos amantes y nunca conoció la prisión. Cuentan incluso que la mamá de Edipo se calzó una cinturonga y le cogió el culo a su traumatizado hijo.

Eventualmente la fiesta acabó y fue el turno de los pudorosos, los represores, los malos: los burgueses y su moral, el Estado y los edictos policiales, la familia mamá-y-papá y todas sus perversiones. Los sexos fueron capturados, estratificados y emparejados. Los nenes con los nenes, las nenas con las nenas y sólo se unirán ante los ojos de Dios para traer al mundo más nenes y nenas. Aquí emerge la ley primera: “serás heterosexual o no serás”. La historia sólo empeora: los hombres no se lavan la cola porque eso es de gays, las madres no saben lo que es una cinturonga (o, al menos, no hablan de eso). Y los sexos vivirán reprimidos y en silencio hasta que llegue La Revolución.

¿Es así la experiencia con respecto al sexo, tan muda, tan aplacada?

Esa no es la única historia. Hubieron espíritus críticos que desconfiaron de tanta represión y se opusieron a este relato. Nos cuentan que el discurso sobre la represión forma parte de algo más amplio. Hay mucha curiosidad por el sexo: se lo interroga, se quiere oír hablar de él. También se busca en el fondo de la sexualidad nuestra verdadera esencia, parece que no somos más que sexo: toda nuestra historia, nuestra individualidad, nuestra alma están ya allí.

Sexo, sexo, sexo, todo es sobre sexo. Excepto el sexo. El sexo es sobre poder. ¿En qué sentido? En el sentido de que el poder, entendido como relaciones de fuerzas múltiples que no dejan de producirse “a cada instante, en toda relación de un punto a otro”, viene de todas partes. Estamos inmersos en una situación estratégica compleja dedicada a producir sexualidad. Los nenes se masturban porque sexo. Las mujeres son histéricas porque sexo. ¿La teoría malthusiana de la población? Sexo.

En toda esta red de sexualidad se incita al discurso, se generan conocimientos, se controlan los cuerpos. Funciona como un “dispositivo” en el que se formulan enunciaciones, se sujetan sujetos. Muchas de esas enunciaciones se contradicen o directamente se oponen y muchos sujetos resisten la sujeción; todo esto también es parte del dispositivo. El dispositivo es susceptible de transformarse porque los sujetos buscan fugarse, buscan dejar de ser eso que hicieron de ellos.

El poder, la verdad, la revolución... quizás deba tomar alguna postura ante estas dos historias que me han contado.

Por un lado es fácil creer en la represión del sexo porque de alguna manera está a la vista o es lo más inmediato. Los buenos-hombres-de-familia violan y matan a las mujeres que viven con ellos todos los días y, durante mucho tiempo, nadie dijo nada al respecto. Muchos maricones y lesbianas camionas son expulsadas a los márgenes de la sociedad heterosexual por ser tan sucias y desviadas, tan torcidas y así se busca negar su existencia. Aquellxs que representan un modo de vida que ha transgredido el sistema sexo-género se les calla y se les dice “vos sos lo que tenés entre las piernas”.

Entiendo entonces que el dispositivo de sexualidad está operando en las sociedades modernas, y lo hace ordenando, clasificando y administrando los cuerpos sexuados. Eso no quita que al interior del dispositivo hayan instancias de represión, opresión y normalización. Creo que esto sucede en torno a dos ejes: la heterosexualidad conyugal y monogámica, y la hegemonía masculina, viril y con pene. El fundamento de ambos es la ley binaria del género.

No se puede negar que se habla mucho de sexo. La disciplina psicoanalítica prácticamente sólo habla de sexualidad. Aquellos con deseos homosexuales buscan eventualmente contar su verdad oculta. Hay revistas para mujeres que les explican cómo lograr el mejor squirt de su vida y embarazarse al mismo tiempo. Incluso aquellos autodenominados célibes involuntarios se encuentran en foros online para contar por qué es culpa de las feministas que ya no cogen, y encima éstas les quieren prohibir la prostitución y el porno. Pobres hombres.

Efectivamente la sexualidad se ha constituído como algo de lo que se tiene que desprender algún conocimiento verdadero. Ha sido, al mismo tiempo, blanco privilegiado del poder y el resultado de prácticas discursivas. Dadas las estrategias del poder, la estimulación y el control de los cuerpos, la formación de saberes y las resistencias se enlazan entre ellas.

En los últimos años hemos sido testigos de un desplazamiento en el dispositivo de sexualidad. La emergencia de los sujetos LGTB ha implicado, por un lado, un giro táctico y por otro, la creación de un nuevo territorio de normalidad, una normalidad paralela a la heterosexual, una homo-normalización. Con práctica políticas liberales y de identidad, los ‘perversos’ han logrado demostrar que pueden desear lo mismo que la gente normal: se casan, constituyen familia y se enlistan en el ejército.

El modelo de esta nueva normalidad es el hombre-gay: blanco, clase media media-alta, musculoso, deseable. Son maricones pero se los tolera. Son maricones pero son buena onda. Los médicos no pretenden curarlos, la policía no los persigue, el mercado les ofrece toda esa libertad que tanto ansiaron. Esta operación de homonormalización produce nuevos marginadxs,

quienes tienen que aguantarse ser inspeccionadas, insultadas, muchas veces golpeadas, acogotadas, y luego encarceladas, cuando no fusiladas, ametralladas...

¿Podrán RuPaul y sus estrategas del marketing salvar nuestras vidas? ¿Son el arcoiris gay y los fines comerciales posiciones deseables donde habitar? ¿Llegará el día en que los heterosexuales acaben con los homosexuales? ¿Podrán lxs cuirs desmantelar el dispositivo de una vez por todas? ¿Es posible todavía soltar todas las sexualidades y abrir el paso a todos los devenires? ¿Ayudara de algo intentar construir una identidad sin esencia?

Mateo Cortés


Hernán Franco como la Señora Garbo en "El homosexual y la dificultad de expresarse" de Copi. 

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